Pilar Armanet:
“El currículo es una cosa viva. Está para cambiar en función de los resultados que se espera lograr, de las necesidades del mercado y del conocimiento.”
-La Vicerrectora Académica de UDLA realiza, para Voces e Ideas, un balance del Sistema de Acreditación Institucional. Asimismo, da a conocer los desafíos que tiene por delante en nuestra universidad.
Por Verónica Rodríguez Rowe
Asumió hace muy poco como Vicerrectora Académica de Universidad de Las Américas. Sin embargo, pareciera que el cargo lo ocupa desde hace años. Conoce al dedillo a la institución. Y es que Pilar Armanet tiene muy claro porqué está en esta casa de estudios, los objetivos a alcanzar y cómo alcanzarlos.
Rápida para hablar. Aborda los temas con pasión, especialmente cuando se relacionan con la educación superior. Más que mal, uno de sus mayores logros es nada menos que el haber liderado, como Directora de la División de Educación Superior del Ministerio de Educación, el equipo que ideó el Sistema de Acreditación y Financiamiento de Educación Superior, hoy ley.
José Joaquín Brunner sostiene que hay que subir el nivel del debate en lo que a enseñanza superior se refiere, y no discutir temas que califica como “inconexos”, tales como la existencia o no del Consejo de Rectores, posibles cambios a la prueba de selección y becas, entre otros. Se inclina por una discusión que lleve a propuestas que apunten a la fijación de metas y prioridades para el sistema en su conjunto. ¿Coincide con él?
Hemos tenido un debate más bien ideológico respecto a la educación superior. Comparto plenamente con Brunner en que hay que centrarse en los estudiantes. Es decir, hay que correr el foco desde las instituciones y el servicio prestado, hacia el estudiante. Debemos conocer muy bien a nuestros alumnos y lograr que aprendan; a eso vienen a la universidad, Para lograr esto, hay que fijar estándares para garantizar que el aprendizaje ocurra. Al fijar estándares, se establecen condiciones de calidad.
Antes de entrar de lleno en el sistema acreditación, me gustaría que me comentara si está de acuerdo con la Organización Económica y el Desarrollo (OCDE), que expresa que una de las debilidades del Sistema de Educación Superior en Chile, es que presenta problemas de inequidad en el acceso. El criterio de selección coincide con el factor socioeconómico.
La PSU es un termómetro. Puedo discutir la calidad del instrumento como termómetro, pero pretender romperlo para no mirar el síntoma, es completamente absurdo. Se puede discutir hasta el cansancio la calidad de la prueba para medir lo que quiero medir, pero que a mí me vengan a decir que porque una prueba determina que los estudiantes que vienen de colegios particulares pagados saben más que los que vienen de los municipalizados hay que romper el termómetro, yo no estoy disponible para esa discusión. Ahora, uno puede decidir libremente, como institución –y nuestra universidad lo ha decidido- que ese termómetro no va a ser relevante para elegir a nuestros estudiantes. Nosotros partimos de una premisa diferente: todo estudiante que ha egresado con éxito de la Enseñanza Media está en condiciones de ser profesional, recibir la preparación para hacerlo y de desempeñarse adecuadamente en el mundo del trabajo.
No hablo por el resto de las universidades. Hablo por esta universidad. En la UDLA vamos a formar profesionales en sintonía con el mercado laboral. Ese nuestro target, esa es nuestra decisión y desafío. Para eso, la PSU -que es importante y que puede ser o no estupenda- no la vamos a usar. No estamos obligados a usarla. Lo que hace la diferenciación en Chile es la calidad de la educación, el nivel socioeconómico de la gente, la calidad de los profesores y miles de otros factores.
Esa sintonía que debe existir entre el mercado laboral y las carreras es, entonces, a su juicio la forma de entregar los conocimientos de una profesión y de una disciplina...
Debiera ser así. Hay un cambio. Y otro reto de esta universidad es que si decimos que queremos formar profesionales para el mercado laboral, tenemos que conocer muy bien dicho mercado. Entonces, los desafíos son: primero, hacerse cargo de los alumnos que recibimos; segundo, formarlos con competencias adecuadas para el trabajo que van a desarrollar; y tercero, entender el trabajo que van a desarrollar. De atrás para adelante, no de adelante para atrás. No desde una sala. Sí desde la vida, desde el mercado de hoy y del futuro.
¿Es, entonces, usted una convencida de las ventajas del sistema de formación profesional basado en competencias?
Estoy totalmente de acuerdo, especialmente para un modelo como el que rige nuestra universidad. Creo que hay una transición que va desde los contenidos del diseño curricular abstracto -donde un joven ingeniero debe saber a b c d- a los resultados. La competencia se construye desde el resultado, desde lo medible, desde la capacidad del joven para hacer, para desempañarse, para ejercer su profesión. Demanda conocimientos hacia atrás y no es una decisión de laboratorio o de 4 paredes.
¿Cómo ve el desarrollo de las mallas curriculares y su conexión con el mercado?
Son mallas muy pesadas. Debemos hacer un esfuerzo como Universidad de Las Américas, para hacer un sistema de créditos que corresponda a la realidad. La persona no solo aprende viniendo a clases, sino que estudiando, ejercitando… de manera que cada crédito no tiene que ser solo presencial. En general, hay una tendencia de asimilar los créditos con las clases presenciales. Esto hace que tengamos curriculums muy pesados y donde se le deja muy poco espacio al estudiante para trabajar en grupo, para investigar; en buenas cuentas, para que él haga su propio trabajo de aprendizaje.
Creo que hay mucha cosa superflua. El conocimiento cambia tan rápido que uno tiene que ser sumamente quirúrgico para hacer curriculums. Por eso es tan importante el concepto de las competencias. El curriculum es una cosa viva, no está ahí para quedarse. Está para cambiar, siempre en función de los resultados que se espera lograr, de las necesidades del mercado, del cambio del conocimiento.
¿Es partidaria, entonces, de carreras más cortas?
El punto es que por mucho tiempo el conocimiento cambiaba en forma lenta. Uno tenía un título vitalicio. Por ejemplo, partía como abogado a los 25 años y terminaba a los 80. Hoy, si no vuelvo a mirar un libro de leyes o si no voy al Congreso para ver lo que está pasando, no soy abogado. No saco nada con tener una carrera de 5 años si no hay reciclaje del conocimiento. El proceso educativo se desarrolla en diversas etapas de la vida, no una vez.
Estoy a favor de acortar las carreras. Peleamos mucho, por ejemplo con Ingeniería respecto a este tema. Los alumnos están sobre calificados. Los egresados de universidades grandes chilenas van a estudiar un máster a Estados Unidos y ven la misma materia que pasaron en pre grado. Entonces… o le damos el grado de máster o le acortamos la carrera.
El problema que indican los académicos de Ingeniería, y es atendible, es que los alumnos vienen con deficiencias del sistema educativo escolar. Ante eso, entonces, acortemos de 6 a 5 años, pero acortemos. Que lo declarado sea lo que pasa y no que un ingeniero que debe salir en 5 años se demore 8, que esa es la realidad.
LOS LOGROS DEL SISTEMA DE ACREDITACIÓN
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Hace 4 años que la Acreditación Institucional opera en nuestro país. Y el balance que Pilar Armanet hace de este proceso es positivo. “La acreditación ha hecho que el tema de la calidad de la educación se convierta en una necesidad, incluso del mercado. Una institución que quiere promover sus servicios educativos dice: acreditada por tantos años. Uno puede opinar respecto a los criterios de la acreditación, que son o no los que uno quisiera…no me quiero pronunciar sobre esto. Pero, lo cierto, es que la institución hace un debate y una reflexión sobre calidad.”
Respecto a las críticas, expresa que 4 años de aplicación es un camino corto. Reconoce que es legítimo discutir sobre mejorar el instrumento; sobre la calidad del termómetro o sobre si los pares evaluadores son o no son suficientemente independientes. “Pero el objetivo de poner al centro del debate del servicio que presta la universidad, la calidad, es fundamental y eso es nuevo. La acreditación ha sido fundamental en ese tema y una universidad no acreditada lo pasa mal.”
Aún así, existe preocupación en relación con la garantía de la calidad, tanto de la universidad como institución, como de sus programas académicos. ¿Las universidades privadas han dado un buen examen en este campo?
Hay de todo. Grandes universidades privadas, grandes universidades públicas; malas universidades privadas y malas públicas. La gracia de la acreditación es que ha permitido despejar esa incógnita. Nosotros hicimos una ley que no distingue por la propiedad de las instituciones, sino que coloca el acento en la calidad del servicio que presta, en el centro que es el estudiante. Ahora, eso nunca es fácil porque la academia es una cultura muy conservadora…
Hay un problema con el concepto de educación superior tradicional...
No. Hay un problema con los académicos. Nosotros somos así. Los académicos debemos cambiar y eso es difícil. Los profesores que hacen clases aquí, hacen clases también en las universidades tradicionales. Y es que tenemos una forma de estructurar nuestros currículos, nuestra docencia, a partir de nuestra forma de ver la profesión o la disciplina.
¿En qué modelo se inspiraron para crear el sistema de Acreditación?
En muchas partes y en ninguna. Nosotros innovamos mucho en la acreditación institucional. Ahí avanzamos muy rápido. Tuvimos enorme ayuda de la CNAP (Comisión Nacional de Acreditación de Pregrado), de M. José Lemaitre, especialmente. No hay duda que innovamos e hicimos algo muy bien: ligamos el CAE (Crédito Aval del Estado) con la acreditación.
La mayoría de las universidades está acreditada. Sin embargo, el proceso de acreditación de carreras ha sido más lento...
Tuvimos que elegir. El sistema, en la fase experimental, partió con la acreditación de carreras. Pero nos dimos cuenta que si queríamos ligar el sistema de crédito a la acreditación, más bien, al resultado de ella que es la calidad, debíamos replantearnos el proceso.
Si se le otorga un crédito a un estudiante, tiene que haber certeza que ese estudiante está recibiendo una formación que permitirá devolverle a los chilenos la plata que le prestaron. Una cuestión elemental. A través de la acreditación de carreras –en Chile existen alrededor de 3.700- era complejo, entonces, ahí, se revirtió el proceso y dijimos: acreditemos a las instituciones y que las carreras se acrediten voluntariamente a través de Agencias Acreditadoras para descentralizar y facilitar los procesos. Entonces quedó en que la acreditación institucional la hace el Estado y la de carrera las Agencias Acreditadoras, certificadas por la Comisión Nacional de Acreditación. Es un sistema de 2 bandas que, creo, es el único posible.
Relacionado con lo anterior, los alumnos provenientes de estratos socioeconómicos medios-medios y medios bajos, están en la educación superior gracias a que las familias invierten, se endeudan. Si lo vemos desde el prisma de profesionales que servirán a la industria ¿las empresas privadas y públicas, no deberían subsidiar en algo dicha educación?
Este mundo es muy ideológico. Ahí está el compromiso con el tipo de formación que se quiere favorecer en un momento determinado. La empresa paga el resultado, no la formación. Claramente remunera de una manera a un profesional con título universitario versus uno que no lo tiene. Al final del camino, entonces contribuye. Uno puede hacer mucho con la empresa en términos de buscar qué competencias adicionales necesita su gente para formar dichas competencias. Pero creo que la educación es una asociación entre la universidad y el alumno. A él o a ella, es a quien tenemos que responder… para que ese alumno, que coloca su esperanza profesional en nosotros, no se vea frustrado porque no aprendió o porque lo que aprendió no le sirve.
No hay duda que el panorama es cada vez más auspicioso para las universidades privadas. ¿Se justifica una universidad pública? ¿Cuál o cuáles son los elementos diferenciadores con una privada?
Las universidades públicas tienen una misión fundamental. Tienen un compromiso con las necesidades sociales. Y esto se ve sobre todo en regiones, donde asumen tareas que no las abordan los planteles privados, porque no son rentables. La universidad pública ha contribuido a apoyar la identidad regional de una manera notable. Deben ser universidad para el desarrollo social. Además, las casas de estudios superiores estatales tienen que ser plurales, laicas, abiertas y neutras, aspectos a los cuales no están obligadas las privadas. Puede haber una gama de universidades privadas que no cumplan con estos requisitos, pero son requerimientos esenciales para tener un sistema de educación sano. Lo que no se justifica de ninguna manera, es una universidad estatal mala, por eso están obligadas a acreditarse.
¿Las Instituciones de Educación Superior y en especial las universidades responden, a su juicio, a los requerimientos de la sociedad moderna? ¿Son un elemento estratégico para el desarrollo nacional?
Sí. Contribuyen en forma positiva a hacer realidad algo que es fundamental: espacio para educar a las grandes mayorías de los chilenos. Las universidades privadas han permitido inclusión y más inclusión. Pero debemos hacerlo bien y el detalle es cómo hacerlo bien. No es una receta simple. Esta es una organización de mucha gente (alumnos, profesores, etc.) donde lo importante es construir estándares, construir calidad, conversar y escuchar mucho. Es una pega dura y difícil, porque hay que aunar voluntades, y es una tarea política en el sentido más amplio de la palabra.
Si pudiese resumir en pocas palabras lo que quiere alcanzar con Vicerrectora Académica ¿cómo lo expresaría?
Quiero contribuir al orgullo de ser un alumno y ex alumno UDLA. Que quien estudia en nuestra universidad o egresó de ella diga: Soy alumno de la UDLA, yo soy de la UDLA. Ese es mi leitmotiv… para allá voy.